miércoles 18 de marzo de 2009

Obama ya no es de los nuestros

Obama ha propuesto un programa con cinco ejes para reformar la educación, que juzga en un declive “insoportable para la economía, insostenible para la democracia e inaceptable para nuestros hijos.” Dos de ellos sería muy populares aquí, los que afectan a sectores en que el problema es todavía la oferta de puestos suficientes y adecuados. El primer eje habla de universalizar la oferta gratuita de educación de 1 a 5 años, reforzar las ayudas para grupos en desventaja en esta etapa (Early HeadStart) y dedicar un pequeño ejército de educadoras a verificar que los padres primerizos están a la altura de sus responsabilidades y a asesorarles para ello. El quinto, al otro extremo del sistema, consiste en multiplicar las ayudas financieras para quienes quieran acceder a la universidad.
Los otros tres son de carácter transversal, pero apuntan sobre todo a la educación obligatoria, i.e. a aquellos niveles en los que ya hay una oferta suficiente y ahora se trata de hacerla efectiva. El segundo eje afronta la espiral de las expectativas decrecientes y pretende un sistema de evaluación de alumnos y centros más exigente, pero centrado en la evaluación de competencias avanzadas, no de habilidades para rellenar tests. En cualquier caso, podría considerarse, a la vez, la versión americana de la demanda de una pedagogía (o, si se prefiere, cultura, aunque no es lo mismo) del esfuerzo.
El eje tercero consiste, con matices, en la asunción del merit pay, i.e. pagar a los profesores según los resultados de sus alumnos. En particular, prescindir de los profesores que, tras varias oportunidades, no mejoren un mal trabajo.
El cuarto es una apuesta por la innovación y la excelencia, parte de la cual serían la prolongación de la jornada y la ampliación del calendario escolares y más apoyo y financiación para los centros concertados (charter schools). Aquí equivaldría a una declaración de guerra contra el funcionariado.

Ni contigo ni sin ti... escuela

El gran tema de hoy, tras los impactantes datos del curso pasado, aventados por la OCDE, es el abandono escolar prematuro (AEP, drop-out, deserción...), entendido como el de quienes dejan el sistema educativo sin terminar un ciclo pos-obligatorio, sea académico o profesional, lo cual incluye a quienes lo intentan pero no lo logran, se van tras la ESO o ni siquiera finalizan ésta. Pero la magnitud de las cifras (31%, y no falta quien asegura que otros métodos de cálculo lo elevarían el porcentaje) no debería hacernos aceptar sin discusión esta visión dicotómica y binaria: sea van o se quedan, abandonan o permanecen...

El fenómeno es mucho más amplio. Es el desenganche mayoritario de la institución. Hablando con jóvenes percibimos que quienes se marchan no tardan en lamentarlo, y normalmente no lo recomiendan, pero quienes se quedan tampoco lo celebran, ni lo consideran incuestionable. Aunque la decisión es binaria, seguir o partir, tras ella hay un continuo de actitudes en las que escasea la adhesión a la escuela y abunda el rechazo.

Es una paradoja de la era de la información y el conocimiento que, en ella, la economía (de la información y del conocimiento, que en eso consiste) torne cada vez más necesaria, por no decir imprescindible, la cualificación y, por tanto, la escolarización, mientras que la sociedad (de la información y del conocimiento, por ello mismo) la vuelve cada vez menos atractiva, por no decir insoportable. De un lado la necesidad instrumental, que agrava los costes del abandono; del otro el rechazo expresivo, que eleva los de la permanencia. Una contradicción difícilmente soluble cuyo resultado es el desenganche en todas sus formas.

Lo primero no va a cambiar; lo segundo debería. Pero habremos de empezar por tomar conciencia de que la ventaja constitutiva de la escuela se ha desvanecido, que la atractiva ventana abierta al mundo de los tiempos gloriosos se ha convertido en una tediosa puerta cerrada al mismo, sin que hayamos acertado en cómo resolverlo, si es que lo hemos intentado.