lunes 27 de septiembre de 2010

Nuestras tonterías nos retratan

Es de todos sabido que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones... y, habría que añadir, de osada ignorancia. Estos días circula por la red una propuesta ingeniosa, desenfadada y, por supuesto, progresista para el 29-S. La primera vez que me la envió un amigo me pareció simplemente la enésima chorrada/parida (desconozco el sexo y género del autor) en la que hay que evitar perder siquiera un milisegundo, pero a medida que me ha ido llegando más y más veces, por conducto de amigos y conocidos cuya inteligencia en general respeto y aprecio, ha comenzado ya a preocuparme, sobre todo como indicio de lo despistados que estamos en la izquierda, cuán necesitados andamos de una profunda reflexión y cuán urgente es desterrar los tópicos perezosos. El autor de la ingeniosa propuesta propone tres acciones que titula así: A) Parar. B) Cash. C) Tomar la calle. La primera es obvia, que no trabajemos, aunque añade que no compremos. La tercera consiste en ocupar pacífica y lúdicamente la calle para que se vez que no trabajamos. En realidad, lo que parece pretender es que evitando los comercios y quedándonos con los niños pongamos en huelga de hecho a quienes trabajan en contacto con el público (comercio, servicios...) aunque no quieran. Pero vamos a la segunda propuesta, que cito al completo:
Bueno, esto es más serio. Aquí se trata de hacer un experimentito. Durante estos meses-años que llevamos aguantando la crisis hemos estado movidos por los vaivenes de “los mercados” y sus juegos. Que si falta de liquidez, que si activos tóxicos, que si falta de confianza, que si exceso de gasto público y privado, que si la abuela fuma, etc. También hemos visto como han reaccionado los gobiernos ante ellos: ayudándoles en un primer momento y después plegándose a sus exigencias. Hemos visto que juegan duro y que si pueden van arramplar con todo. Hay que pararlos. El día de la huelga no, el día antes o dos días antes, hay que retirar dinero de nuestras cuentas. Repito: nuestro dinero (por si alguno piensa que es algo ilegal o inmoral). Sí, vamos a ver que pasa, aunque sólo sea por curiosidad. Vamos a retirar una parte significativa de nuestros ahorros. No digo que saquemos todo el dinero que tengamos, pero algo que se note. Tampoco vamos a tener en casa un millón de euros, pero si mucha gente saca bastante dinero y lo retiene en sus casas, digamos durante cinco días, creo que se notaría. A lo mejor es divertido ver como reaccionan “los mercados”. Y seguro que van a ser divertidas las excusas que nos ponen en el banco para que no lo saquemos.
Por supuesto que esta medida como más efecto tendría es si se hiciera a nivel global en toda Europa. Entonces sí que se iba a notar en el Dow Jones. Así que sería interesante que  esta idea rulase por ahí ya que en Europa va a ser un día de protesta aunque no de huelga.
Habría que hablar de cuanto dinero inmoviliza cada uno. Pero bueno eso me parece más personal, la cuestión es que lo hagamos muchos, os invito a que propaguéis esta idea si os parece buena. Lo dicho, que estén “los mercados financieros” con un poquito menos de dinero durante unos días y si alguien necesita dinero que se lo pida a un amigo
Ingenioso, ¿verdad? ¿No queríais mercado? ¡Pues tomad mercado! Por fortuna, la propuesta no saldrá de la internet, pues nadie con dos dedos de frente va a hacer dos viajes de ida y vuelta al banco, pero imaginemos por un momento que se hiciera: ¿cuáles serían los efectos?
El primero de todos, una breve pero impresionante temporada alta para rateros, atracadores, desvalijadores y otros oficios asociados... ¿o no fue ése el primer motivo por el que metimos nuestro dinero en los bancos -cuando no había internet, ni siquiera domiciliación de recibos-, para tener más seguridad y más barata? ¿Será de este esforzado gremio, tan castigado también él por la crisis, de donde procede la ingeniosa y anónima propuesta?
El otro efecto sería todavía más espectacular: un crack económico. Por si no lo sabe el autor de la propuesta, los bancos emiten en préstamos, etc. más medios de pago que el dinero que realmente tienen, sobre el supuesto de que los impositores no vendrán a recoger su dinero al mismo tiempo (y digo los bancos: sean privados o públicos, grandes o pequeños, de la familia Botín o cajas laborales). Creo que no hay adolescente al que no le hayan explicado cómo funciona un pánico financiero. Si la propuesta de nuestro ocurrente amigo tuviera visos de realizarse, todos los actores económicos tendrían que actuar en previsión: los bancos deberían inmediatamente dejar de dar créditos, especialmente a los solicitantes menos solventes; los impositores deberían retirar sus fondos, especialmente los que tienen depósitos mayores; todos tendríamos que correr para llegar a la ventanilla antes que los demás; los comparadores de deuda pública deberían volver a exigir altos intereses, previendo que el Estado iba a tener que poner más dinero en los bancos. Nuestro ingenioso agitador parece no haberse enterado de que lo que hundió a Grecia y amenaza todavía a otros países no fue no pagar su deuda, sino la mera sospecha de pudieran no hacerlo.
Sería tan inteligente y creativo como gritar “¡Fuego!” en un concierto multitudinario para después, sobre los cadáveres aplastados en las salidas, decir: “¿Ven cómo las medidas de seguridad eran inadecuadas?”

viernes 24 de septiembre de 2010

Universidad: ¿supereficacia o infraexigencia?

España combina, como es sabido:
a) una alta de fracaso escolar en la enseñanza obligatoria, hasta el 30%;
b) una alta tasa de abandono escolar prematuro, es decir, de jóvenes que no llegan a obtener ningún tipo de titulación de enseñanza reglada postobligatoria, hasta el 40%:
c) muy elevadas tasas de acceso a la universidad, concretamente, en 2007-2008, del 41% a los estudios de tipo A (las antiguas licenciaturas) y el 22% a los estudios de tipo B (las antiguas diplomaturas), lo que suma un 63%, por detrás todavía pero no mucho del 73% de la OCDE y el 69% de la UE19;
d) altas tasas de graduación en estudios superiores, concretamente del 47.3% en total (33.1 de tipo A maçs 14.2 de tipo B), frente al 47.5 (38+9.5) de la OCDE y el 44.7 (38.2+6.5) de la UE19 (en 2004 llegamos incluso al 50%);
e) o, lo que explica la relación entre c) y d), muy altas tasas de compleción de los estudios superiores (porcentaje de matriculados que los terminan), que alcanza el 76%, frente al 69% de la OCDE y el 70% de la UE.
Dicho de otro modo: elevadas tasas de fracaso en la educación básica, pero elevadas tasas de éxito en la superior; a pesar de que en nuestro sistema accede a la universidad prácticamente todo el que termina el bachillerato, lo que incluye un amplio contingente de alumnos que en otros países iría a algún tipo de formación profesional superior (tipo CFGS, CINE4, etc.) o cursaría una formación profesional media (CFGM) en vez del bachillerato, las tasas de compleción de estudios son superiores a la media de países de nuestro entorno y más desarrollados.
Conseguir tanto éxito superior con tanta deficiencia básica o intermedia sólo puede tener dos explicaciones: o la docencia de la universidad es de una calidad extraordinaria, o la discencia recibe un trato más permisivo que en otros lugares. O la docencia es muy potente, o la evaluación es muy floja. Que cada cual apueste.

miércoles 8 de septiembre de 2010

¿Escuelas contra internet?

De acuerdo con la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación en los Hogares, del Instituto Nacional de Estadística, cuyos últimos datos son de 2009, la proporción de alumnos de 10 a 15 años que utilizó internet, al menos una vez, durante los tres meses anteriores a la entrevista fue del 85%, cuando cinco años antes, en 2004, sólo era del 50%. Ésta es una buena noticia, pues supone un aumento del 70% (o en un 35%, según se quieran leer los datos), pero también mala, pues aún queda (o quedaba el pasado año) un 20%, uno de cada cinco adolescentes, que no la usa. Bien respecto del punto de partida, pero mal respecto de las necesidades. Otra buena noticia puede ser que la práctica totalidad los que la utilizan lo hacen para trabajos escolares, incluso más que para ocio o juegos: 79,9% y 73,6% respectivamente (aunque esto podría ser una ilusión óptica, o más bien acústica, de los adultos, que son quienes normalmente responden al entrevistador).
Pero la parte más interesante de los datos es otra: en 2004 utilizaban internet en el centro escolar el 27,6 y en casa el 25,6% del grupo de edad, o sea, algo más en la escuela que en casa; en 2009 los porcentajes son ya, respectivamente, el 50,1 y el 68,4. En la escuela se ha doblado, y lo hace la mitad de los alumnos, y en casa se ha triplicado, y lo hace un más de un tercio de ellos. La escuela, que iba ligeramente por delante del hogar como oportunidad para el uso de la internet, ahora se ha quedado claramente atrás. Sabemos no obstante, por las últimas estadísticas hechas públicas por el Ministerio de Educación, Datos y Cifras. Curso escolar 2010/2011, que el 99,7% de los centros de enseñanza ya tenían en 2008-2009 conexión a internet, y el 87,1% la tenía de banda ancha. Además, en los centros educativos españoles hay un ordenador por cada 4,5 alumnos, contando todos los alumnos (lo que quiere decir que en realidad hay más ordenadores o menos alumnos, pues entre éstos es incluyen los de la etapa infantil) y excluyendo los ordenadores dedicados a administración.
Las preguntas inevitables son éstas: ¿para qué sirven el resto de ordenadores y la conexión a internet?; ¿se usan?; ¿han salido de sus cajas?; ¿los usan sólo los profesores?; ¿los usan siquiera todos ellos? ¿No debería ser la escuela, cuya función es educar y cuyo equipamiento es, en general, aceptable, la que fuera por delante del hogar, la que sirviera para introducir a los alumnos en la sociedad de la información con independencia de sus recursos familiares? Y, si no lo hace, ¿de quién es la responsabilidad? Se admiten hipótesis.

No era el purgatorio político, sino el limbo cibernético

Loles Dolz, responsable de enseñanza de IU, escribe en respuesta a un post mío anterior ("Ya me han purgado", sobre mi caída del cartel de un seminario de IU en los cursos de verano de la UCM) que es la primera noticia que tiene y que no ha habido tal cosa, sino que nunca recibieron mi confirmación, y añade que ya he estado en otros actos suyos (lo que es cierto) y que le habría parecido muy bien que estuviera en ése (lo que le creo). Pedro Chaves, director de la FEC, viene a decirme en Facebook (está bien esto de los servicios de redes sociales: siempre te encuentran) más o menos lo mismo: que mi correo aceptando nunca les llegó y que no fui apeado por motivo político alguno ni es ése su estilo.
Puedo asegurar que envié los correos: el de aceptación y, en vísperas del evento, otro, perplejo, de verificación, pero no puedo asegurar que llegaran. Hubo una temporada en que mi amigo y colega Michael W. Apple me escribía sin obtener respuesta, y a mí me sucedía otro tanto con él... hasta que descubrimos que yo tenía un flitro que enviaba todos los correos electrónicos con "Apple" como asunto o remitente a la papelera, todo por evitar la propaganda de un agente local de la firma de la manzana que resultaba demasiado insistente.
Pues, la verdad, parecía otra cosa, pero doy por buena la explicación y por zanjado el asunto, he de decir que para satisfacción mía y espero que de todos. Bien está lo que bien acaba.

miércoles 1 de septiembre de 2010

Paisaje después del naufragio, sin tierra a la vista

El nuevo curso escolar, después del fracaso de la tentativa de un pacto de Estado, de la alarma generalizada por el rendimiento, el fracaso y el abandono escolares, del enrocamiento de los sindicatos de profesores en lo suyo y de la bancarrota económica de las universidades, se presenta difícil e incierto para todos, pero también como una oportunidad de abordar lo que no pudo ser por la búsqueda de equilibrios que se mostraron imposibles. El Ministerio debe mostrar que mantiene el sentido de Estado que predicó al proponer el pacto, pero no tanto por asumir como propio lo que presumía aceptable para todos (aunque deba aproximarse a ello) como por la de afrontar cuestiones pendientes que no admiten dilación. La crisis económica parece a primera vista un obstáculo, pero tal vez no lo sea, o sea incluso un facilitador, pues imposibilita la vieja línea de menor resistencia, consistente en dejar todo como está y poner dinero para cualquier cosa nueva o distinta (la vieja cantinela de que sin recursos no hay reforma), y obliga a repensar qué hacer con los mimbres que ya tenemos. No pretendo hacer un inventario de lo que nos espera sino sólo señalar tres cuestiones impostergables.

La primera son las elevadas tasas de fracaso y abandono escolares (tres y cuatro de cada diez alumnos respectivamente) que nos sitúan a años luz de los objetivos de la Unión Europea, muy por detrás de la mayoría de nuestros vecinos y en vías especializarnos en los procesos de producción menos cualificados en el contexto de una competencia internacional intensificada por la crisis, la globalización y la transición a la economía del conocimiento; y, junto a ellas, el moderadamente pobre rendimiento de los estudiantes españoles en las pruebas internacionales. Para reducirlas de manera drástica hará falta, sobre todo, diversificar y flexibilizar la enseñanza con el objetivo de encontrar distintos caminos por los que llevar a todos los adolescentes, sin dejar la escuela o volviendo a ella, a un mismo destino o a unos pocos destinos de valor equiparable, concretamente a terminar al menos una etapa de formación profesional si no van a acceder a los estudios universitarios. Y también discutir por qué el sistema, los centros y los profesores parecen estar en su salsa en la idea, ayer, hoy y mañana, de que un tercio de los estudiantes no es capaz de superar la enseñanza obligatoria.

La segunda es levantar la moral del profesorado mediante el reconocimiento de la labor docente bien desempeñada. Pronto hará un lustro que se prometió por las partes un estatuto del profesorado que todavía estamos esperando, seguramente porque detrás de esa expresión neutra hay proyectos muy distintos. Corresponde al Ministerio -aun sabiendo que poca ayuda va a recibir en eso de los actores sociales organizados- terminar con la actual situación de indiferencia y café para todos y articular un esquema adecuado de derechos, deberes e incentivos profesionales que separe a quienes están en la docencia por vocación (previa o sobrevenida) de quienes sólo están por las vacaciones; que promueva y subsidiariamente imponga la formación permanente del profesorado, tan imprescindible en una profesión que prepara a las futuras generaciones adultas en una sociedad cambiante; y que supere de una vez por todas los diálogos de besugos en torno a fijaciones gremiales como la jubilación anticipada, la jornada continua o el malestar docente.

La tercera se refiere a la universidad, que, tras un largo periodo en el que los desequilibrios no podían ser alterados por las correlaciones de fuerzas internas o sólo podían serlo por pseudo-óptimos paretianos, es decir, siempre que nadie perdiese derechos adquiridos (asignaturas, plazas, cargos...), se enfrenta ahora a la necesidad perentoria de ser más competitiva y ganar cierta autosuficiencia. Para las universidades singulares significa la necesidad de aligerar lastre corporativista, y para el Ministerio podría ser la ocasión de legislar en contra de la endogamia, aunque nada hace pensar que esté en su agenda.